jueves, 24 de mayo de 2012

Perderse y encontrarse


Escribir sobre uno mismo resulta siempre más difícil que hacerlo sobre los demás. En el estudio del urbanismo alguien inventó la Teoría de la deriva, que consiste en perderse por una ciudad y luego recomponer el camino recorrido observando los detalles. Supongo que quizás todos hacemos eso cuando pensamos en nosotros mismos.
Nos dejamos perder, dejamos que el trascurso de los días nos haga recorrer el tiempo como si fuese un camino y, llegados a algún momento o lugar, recomponemos todo aquello que nos ha pasado y nos ha hecho llegar a parar ahí.

Un día leí un artículo en el que numerosos escritores expresaban en pocas palabras qué significaba o era para ellos el escribir. Juan José Millás respondía el reto de manera muy simple "Escribo porque no me entiendo". Creo que me he dado cuenta de que todo eso y la teoría de la deriva tienen sentido común.
Escribir es una forma material, como son las fotos, de dejar constancia de esas veces que me pierdo (o me encuentro). Supongo que la gente que escribe un diario siente lo mismo. Esa necesidad de recordar, de no olvidar, de buscar consuelo en tus propias letras sobre el papel o de detallar un instante único, acaban siendo una buena terapia.

Pero volviendo al principio, escribir sobre uno mismo es complicado y sobre todo si, como en mi caso, lo haces porque no te entiendes (tomando ya prestada esa idea de Millás). Sin embargo creo que es una buena situación. Significa que todavía puedes seguir sorprendiéndote, incomprendiéndote y desengañándote de un mundo loco que cada día nos tomamos más enserio. Me gusta pensar que, aunque las cosas no salgan como siempre nos hemos imaginado, la opción fácil es la resignación y la autocompasión y que por tanto, lo peor ya lo tenemos asumido como una opción inicial, pero si nos arriesgamos y tenemos esperanza, puede que las cosas simplemente mejoren. Puede que algún día, volviendo a escribir para entendernos, nos demos cuenta que perdernos resultó ser la mejor opción.



martes, 8 de mayo de 2012

Donde viven los monstruos



Lo ví en la biblioteca pública que hay cerca de mi casa. No recuerdo cuantos años tenía, peró sí recuerdo aquellos dibujos. Estaban cargados de energía, de color y de formas geométricas. Disfrutaba viéndolo cada vez que iba a la biblioteca e incluso alguna vez vi camisetas con esos dibujos estampados.



Quería ser como Max. Deseaba que mi habitación se convirtiese de pronto en un bosque y que me engullese. En casa de mis abuelos recuerdo juntar las sillas y la mesa y esconderme bajo manteles y sábanas en mi refugio. Cualquier niño lo habría hecho.



Al crecer, como muchas de esas cosas que de niños nos son tan importante, me olvidé de Max, de Carol, de Alexander, hasta que hace un par de años un afortunado Spike Jonze, se atrevió a pegar un mordisco a esa fantasiosa historia. La película, un gran acierto, me devolvió aquella felicidad de las tardes en que nos dedicábamos a hacer el loco, a correr a gritos y a jugar al escondite.



Maurice Sendak escribió literatura infantil, aunque no siempre aprobada por los padres de sus lectores. Fue un maravilloso ilustrador cuyos dibujos de 1963 siguen resultando modernos. "Donde viven los monstruos" fue su cuento más famoso y vendido. Y a pesar de haber fallecido hoy a los 83 años, seguirá presente en esta historia de incomprensión y de rebeldía, de pérdida y reencuentro con los valores y de lucha contra la soledad de todos los niños que hemos sido.