miércoles, 30 de noviembre de 2011

19 Quai Montebello

París era una fiesta. Aquello no era solo una ventana, sino un mirador. El mundo ya no era el mundo, sino la imagen del amplio horizonte de una ciudad romántica. Los atardeceres iluminaban la plaza con retales dorados. Sonreía al contemplar que, literalmente, aquella era la ciudad de la luz.  El paso del día, me dejaba la misma sensación de los impresionistas de querer captar en su esencia los tintes de cada instante.

Miraba por aquella ventana durante horas. Leía y escribía. Dibujaba y cantaba. Por primera vez sentía que era la protagonista de una historia. Si hubiese paseado por la calle, sin duda me habría dado cuenta de la muchacha que se asomaba a una ventana en un sitio como ese. Sin embargo, esa muchacha era yo.

Por las noches, mientras la música de los artistas callejeros subía hacia mí, cuando el calor del día dejaba paso a la dulzura de las noches estivales,  pensaba. La gente no dejaba de pasear, fundiéndose en el caos multicultural de los lugares mundiales de peregrinación por excelencia. Me preguntaba quiénes serían, qué harían allí y qué sentirían. Algunos paseaban tranquilamente, como queriendo empaparse de ese rincón. Otros, por el contrario, tachaban de sus mapas mentales o ponían una bandera más en los sitios en los que "todo el mundo debería ir una vez en sus vida". Por último, quizás los menos numerosos, o los que pasaban desapercibidos, sentían una frívola indiferencia o una molestia contemplando a los demás.



Yo desde mi ventana, observaba todo esto y sentía. Sentía el pulso de una ciudad cargada de solera, un lugar en el que el tiempo deja esa huella visible en sus entrañas, o una pátina invisible a  primera vista, pero profunda para aquellos seres sensibles. Miraba por mi ventana, queriendo grabar cada instante en mi retina, cada olor y cada soplo de airte que me rozaba la cara. Quería soñar, que ahí o allí, en escalas variables y bajo el mismo cielo de esa ciudad, la gente hacía el amor, se odiaba, luchaba por salir adelante, pensaba en acabar con su vida, daba gracias a la vida mientras acostaba a sus hijos, paseaba, disfrutaba, deseaba huir de allí, o simplemente miraba por la ventana y lo comprendía todo... Comprendía que, aunque nadie más lo sintiese, París siempre sería una fiesta.



lunes, 21 de noviembre de 2011

" La guerre des boutons"


¿Qué puedo decir de esta deliciosa película?
Para todos aquellos que todavía no lo hayan visto, desde luego se la recomiendo.
Es cierto que tengo una gran debilidad por el cine francés, y en especial por esas películas que son ligeras, pero al mismo tiempo cargadas de sentimientos. La guerra de los botones es sin duda una de esas elecciones para los domingos otoñales lluviosos, cuando la melancolía y el recuerdo de otras tardes de infancia, se instauran en nuestra mente. Es entonces cuando te apetece acurrucarte en el sofá, bajo una manta y a ser posible, con algo caliente cerca y disfrutar de esas historias que te alegran repentinamente la tarde.

Adoro observar que la persona que tengo a mi lado, sonría inconscientemente mientras no aparta los ojos de la pantalla. Que disfrute, y que durante una hora, se sienta otra vez pequeño y que al salir del cine, le apetezca trepar por los árboles o esconderse de los enemigos en el bosque bajo las hojas o recuerde las travesuras más divertidas de su infancia.

Esta película, o mejor dicho, esta segunda versión cinematográfica del libro homónimo, tiene mucho de infantil y otro tanto de madura. Con tintes inocente, no deja de ser una reflexión sobre los conflictos entre los pueblos. Los niños de los pueblos vecinos se pelean, emplean estrategias bélicas y usan el robo de los botones como humillación y botín, mientras que sus padres hacen lo mismo, lejos de sus hogares, con armas de verdad, con castigos y riesgos reales y mortales.

La elección de los actores, (grandes comediantes franceses como Kad Merad, Gérard Jugnot, Guillaume Canet y el elenco de personajes infantiles), los escenarios elegidos (el alto Loira) y la banda sonora ( del compositor Philippe Rombi) consiguen un resultado magnífico que en todo caso no le dejará indiferente.

Si decide soñar con los botones y sus soldados, no se arrepentirá.





miércoles, 16 de noviembre de 2011

Indecente Rolla

“Y por lo tanto, ambos huyeron de las crueldades de la suerte, la niña en el sueño, y el hombre en la muerte”
                                   

Rolla
 Herni Gervex
   

Él, burgués, inmerso en el ocio y el vicio, se enamora de Marie, una joven que se prostituye para salir de la miseria. Se gasta la última moneda que le queda para estar con ella. Con los primeros rayos de la mañana, se levanta, se acerca a la ventana y la observa, dormida, rendida a Morfeo, frágil. Mientras bebe veneno, sabe que es la última mirada que le dirigirá...

En la primavera de 1878 este cuadro fue excluido de la selección del Salón de Bellas Artes de París por poseer un carácter inmoral. El cuadro, pintado por un joven pintor ya reconocido, Henri Gervex, quien contaba con tan sólo 26 años, estaba inspirado en un poema de Alfred de Musset publicado en 1833.

La paradoja de la censura no fue el desnudo de la joven, ni su postura, sino la naturaleza muerta creada sobre la butaca. Allí descansan las enaguas, las ligas y el corsé abierto con prisa. Sobre ellas aparece un sombrero de copa. Para los contemporáneos, esa representación significaba el consentimiento de Marie y su estatuto de prostituta. ( Degas había aconsejado a Gevex que dispusiese el corsé en el suelo para dejar claro que la mujer no se trataba de una modelo ). Cabe destacar el bastón saliendo de la ropa interior, metáfora del acto sexual.

Sin duda, una escena que fue tachada de indecente en su época, puede parecer muy bella ahora. Incluso puede decirse que el espectador quisiese intervenir en ella para mantener ese bucólico instante.

Actualmente y para disfrute de muchos, un cuadro que estuvo escondido y censurado, se puede encontrar en el Quai d' Orsay, formando parte de una de las mejores pinacotecas del mundo.












domingo, 13 de noviembre de 2011



Colecciono instantes. Mucha gente se dedica a coleccionar. Mi padre, por ejemplo, fue un gran amante de la filatelia en su infancia. Mi madre prestó un especial interés por los dedales durante algunos años. Una buena amiga siente una enorme pasión por las mariquitas de papel, sobre todo aquellas engalanadas con vestidos victorianos, lo que produce que cuando cualquiera de su círculo  viaja a Londres, tenga el deber de buscar esa pequeña tienda de juguetes escondida en Covent Garden.
Los objetos a coleccionar siempre son variopintos, desde tarjetas, postales, papeles, entradas de cine, bolígrafos… lo cierto es que no caemos en la cuenta de por qué motivo guardamos esas cosas.
Puede que la primera constancia que tengo de ser coleccionista me viniese inconscientemente cuando era pequeña. Tener constancia de aquello que había sucedido en mi vida, ya fuese bueno o malo, u observar el presente sintiendo ya la necesidad de grabarlo para el futuro. Sí, colecciono instantes, puede que muchas veces de manera obsesiva, como si los necesitase para sobrevivir, como si al cerrar los ojos y transportarme a aquel momento me curase de una insaciable necesidad básica, una evasión.
Colecciono instantes, quizás porque es mi manera de luchar contra el olvido, contra el abandono y el paso del tiempo. Puede que sea una simple manera de combatir el miedo. Tal vez necesite conservar felicidad para los malos momentos, y tristeza para saber valorar lo bueno que venga.
Ahora que siento cada vez más el ritmo inexorable de una vida que avanza, vuelvo al origen, al instante matriz de todo. He aprendido a grabar detalles, a seleccionar lo que me interesa y a elegir todo aquello que no quiero olvidar. Una sonrisa, un olor, una voz que ya no volveré a escuchar jamás, una caricia, un reproche, las dimensiones de una realidad desde la perspectiva infantil, el color del cielo, la brisa contra mi cara… y siento, como todo coleccionista, que todo ello es únicamente mío.





jueves, 10 de noviembre de 2011

fotografías en blanco y negro


Piet Mondrian

A veces descubres por casualidad, aquello que llevas buscando durante mucho tiempo. Tener más información detallada y anhelada,  produce que se desate una cadena inconsciente y eufórica en mí, y que me sumerja en la búsqueda y captura de todo aquello que me pueda interesar todavía más.

Algo así me sucede con Arnold Newman. Sus fotografías, centradas casi monotemáticamente en los rostros famosos del s.XX, generan en mí un apetito producido por la calidad de captar el instante. Entiéndanme que al referirme a "instante" soy consciente de que son retratos de pose ensayada, pero ese término adquiere la acepción de naturaleza original, aquello que rodea a la persona y su mundo, su aura.

Este hombre siempre se mostró reacio a considerar la fotografía como la imagen completa del hombre, sin embargo, consiguió mostrar al mundo no sólo el exterior sino lo que el propio hombre oculta y vela de su propia alma.

En sus entrevistas le decía al entrevistador que era capaz de estar ahí, contestando a sus preguntas, mientras que al mismo tiempo estudiaba el espacio y la situación de éste enfrente de él.

Sea como fuere, llevando su doctrina a la práctica, o simplemente buscando una estética y ubicación bonita, sus fotografías venden. Venden la mirada, los rasgos, la media sonrisa, de aquellas personas situadas frente a su objetivo, como si de algo material y atractivo se tratase. Y yo, como otros muchos, lo encuentro irresistible y quiero más...

 
Richard Nixon


Jean Cocteau

Ava Gardner

Truman Capote

George Braque

viernes, 4 de noviembre de 2011

...con algún que otro incomprendido

El 14 de julio nace uno de mis "Grandes". Quizás sea el amor que le tengo a esa cifra, o simplemente, la atracción innata que siento por todos aquellos personajes que buscaron más allá del horizonte que el resto creía ver como final.

Sea como fuere, Gustave Klimt nace ese día, en el año 1862.  Austríaco de nacimiento, pero de familia inmigrante, creció con el don de plasmar todo aquello que pasaba por su mente. En su caso el amor al arte le venía de familia. Su padre era grabador de oro y su madre siempre había sentido una gran pasión por el canto, lo que probablemente influyeran en él desde su más tierna infancia.

A pesar de su origen humilde, se formó en la Escuela de Artes y Oficios de Viena, generando una obra académica ya en su temprana carrera.

Sin embargo, como otros muchos pintores y artistas, su manera de dibujar transforma, siendo en gran medida una consecuencia de la muerte tanto de su padre como de su hermano. Durante seis años no tocó pincel alguno, y cuando lo hizo, su estilo había cambiado totalmente.

Viena perdía su hegemonía como capital europea del arte cuando Klimt y otros muchos de sus contemporáneos fundan la "Wiener Sezession" y otros grupos temporales como la "Sagrada Primavera".
Klimt descubrió que aquello que mejor plasmaba sus ideas era la desnudez femenina (sin olvidar que fue un mujeriego acostumbrado a mantener relaciones con sus modelos). Desarrolló la sensualidad de una manera escandalosa para la época, recibiendo duras críticas hasta de sus colegas. Muchas de sus obras fueron destruidas por las SS, no solo por ser consideradas arte obsceno, sino también degenerado.

No obstante, sus cuadros, hasta los de mayor carga erótica, están tratados con una dulzura y suavidad que los convierte en obras tan especiales. El pan de oro añadido a sus cuadros nos recuerdan ese halo de poder de la Viena imperial y nos remiten a su infancia.

He aquí una pequeña selección de mis obras preferidas de este genio.

Bosque de hayas

Esperanza

Danae

Y por último, sin duda mi preferido:

Madre e hijo

jueves, 3 de noviembre de 2011

...con el mundo real

Mi vida sin mí comienza cuando el ritmo del día a día me encasilla en la monotonía del transcurso de las horas, los días, las semanas... Me acuesto tarde, madrugo, como poco y es una mera necesidad del ser humano que sigo siendo, o mucho y entonces me traga mi propia ansiedad. Amanecer, trabajar, trabajar, anochecer. Reloj en mano con tic tac inexorable. Me acostumbro al ruido del despertador, al pulso de la ciudad desperezándose aún en la noche. Los semáforos que no han dejado de funcionar, ahora sí que regulan el tráfico. El frío me corta la cara, contrastando el calor de la ducha matutina.

Algún que otro día me acuerdo de la cantidad de cosas positivas que me rodean y doy gracias a cualquiera que favorezca ese estado de ánimo. A veces, salgo de la ciudad y recuerdo los horizontes lejanos que marcaron mi infancia y mi forma de ser. El sonido del mar acompaña las caricias de una mano cálida que siento como mía. El sol me baña la cara y el viento mece las olas. El olor del salitre se mezcla con el aroma que horas antes ha salido de un frasco de perfume. Hay mucha luz, y los colores resultan estimulantes. Adoro sentir el tacto de la piel, el roce suave y sutil sobre mi mejilla.

Quizás, ese mismo instante es la vida real y el mundo cotidiano sea esa odisea, ese viaje tan largo que nos hace olvidarnos de nuestro hogar y de nuestros sueños. ¿Por qué esa realidad dura tan solo unos segundos? Sentada en esa roca me planteaba si podría ser así siempre.Quedarme allí. Mi vida soñada. Mi lugar en el mundo.