martes, 19 de julio de 2011

El teléfono sonó en mitad de la oscuridad. ¿Quién podría ser a esas horas? Aquel día gris ya había dado paso a la noche hacía varias horas. Descolgó y una voz familiar le preguntó si la reconocía. Mientras sus manos temblorosas trataban de agarrar el aparato, su semblante fue dibujado con una sonrisa triste. ¿Cómo no iba a reconocer esa voz que se había convertido en la de un hombre ante sus ojos?

Hacía mucho tiempo que no sabía nada de su vida, o por lo menos, mucho más desde la última vez que habían hablado. Sabía que las cosas le iban bien. Aquello no era una buena nueva, sino una realidad que le había acompañado toda su vida. Sus sentimientos habían sido especiales, siempre había esperado grandes cosas de él.

Desde el momento en que el timbre del teléfono rompió la soledad que acentúa la noche, sintió que aquello sería una despedida. Quiso ser fuerte. Despegó sus labios.


- Espero que seas muy feliz. Estoy segura de que la vida te deparará todo lo bueno que se merece alguien como tú.
- ¿Sabes? He llegado tarde.

Una lágrima salada emigró hacia su boca, silenciosamente, bañando de reflejos su mejilla.

- Creo que siempre llego tarde, como si no perteneciese a este presente. Pero, a pesar de lo que suceda mañana, esta noche necesitaba oir tu voz por última vez y decirte que jamás te olvidaré.



martes, 5 de julio de 2011

click

Hay recuerdos como fotografías que, cuando los revelamos en la cubeta de la memoria –esa cubeta mágica y secreta que todos ocultamos en el cuarto de atrás de nuestras vidas-, aparecen movidos o velados parcialmente. Son los recuerdos que preceden al olvido. Vemos su imagen, queremos reproducir el tiempo al que pertenecen, o su lugar concreto, o lo que para nosotros supusieron en su día, pero, por alguna razón, por más que lo intentamos, no podemos conseguirlo. Por eso nos producen una gran melancolía.

Entre cada recuerdo- como entre cada fotografía- quedan siempre unas zonas en sombra bajo las que se nos ocultan trozos de nuestra propia vida; trozos de vida a veces tan importantes, o tan significativos, como los que recordamos o como los que viviremos todavía. Son esos cortes en negro que sustituyen en las películas a los fotogramas rotos o quemados por las máquinas y que hacen que cada vez sea más complicado poder seguirlas. Al final, cuando se repiten mucho, terminan por hacer el relato incomprensible.

Hay fotos, como recuerdos, que nacen fortuitamente, sin justificación alguna, y que por eso, precisamente, nos acompañan toda la vida

Desde cada fotografía, nos miran siempre los ojos de un fantasma. A veces, ese fantasma tiene nuestros  mismos ojos, nuestro mismo rostro, incluso nuestros mismos nombres y apellidos. Pero a pesar de ello, los dos somos para el otro dos absolutos desconocidos. Desde cada fotografía, nos mira siempre el ojo oscuro y mudo del abismo.

Los recuerdos – la mayoría-, no son más que carteleras, escenas de una película que se quedó reducida a cuatro o cinco momentos y a la que sólo puede dar vida el foco distorsionado de la máquina del tiempo. Una máquina tan vieja, y tan caprichosa a veces, como un proyector antiguo de cine. Sólo que los recuerdos no pueden pararse, ni borrarse, cómo éste hace, cuando uno quiere.

Los recuerdos simplemente se suceden. Aparecen de pronto detrás de una fotografía y, luego, van pasando poco a poco por delante de nosotros y desapareciendo. A veces, muchas veces, para siempre.