lunes, 27 de junio de 2011

Hacía mucho tiempo que no me acordaba de aquella mujer. Resultó inevitable que el comentario que acababa de escuchar no me revolviese. No era nada fuera de lo común y de lo esperado, y sin embargo, su recuerdo en mi cabeza era atemporal. El paso del tiempo no había hecho mella en ella. Siempre la había admirado. Quizás no era alguien excepcional, increíble o interesante. Realmente creo que nadie lo es salvo en la mente de los demás. Para mí lo era, incluso siendo consciente que ese halo, esa imagen, pertenecía a mi mundo de infancia.

Aquella mujer había sido tan importante para mí que cuando dejé de verla, su ausencia me perturbó sobremanera. Era entrañable, permisiva, alegre. La tienda que regentaba era el mayor de los paraísos existentes en aquella villa marinera y a pesar de no compartir genética, disfrutaba de su compañía sin ser consciente del lazo familiar que se iba tejiendo entre ambas. El destino nos separó. Volver a verla fue un regalo no concedido. Perder el último buen recuerdo, un miedo profundo. Crecer, pasar por el mismo lugar donde tanto tiempo pasé y olvidar su rostro, un consuelo barato.

Cuando esa frase, recién escuchada, fue pronunciada por mi cabeza, miles de recuerdos envueltos en polvo comenzaron a resurgir. Una niña rubia tras el mostrador. Las partidas de las tardes de verano con olor a café, puros, edulcoradas por el suave y agradable perfume de mujer. Un regalo. Una voz. Un perfume.  En ese momento descubrí que crecer también es olvidar, o recordar cayendo en la cuenta de la ignorancia. A duras penas sé mucho de esa mujer. Me habría encantado compartir más horas y días en aquel refugio que ahora pertenece al mundo de los sueños.

Esto, sin ambición y con humildad, es mi despedida y agradecimiento.

martes, 7 de junio de 2011

con un sentimiento



El otro día tuve el placer de escuchar a Ara Malikian en directo. Si no le han escuchado nunca les aconsejo que busquen su música, compuesta por el maravilloso guitarrista Fernando Egozcue. Solo se me ocurre una palabra. Complicidad. La clave del éxito de esta gira (sin obviar que ambos son unos músicos fantásticos) es la complicidad que existe entre ellos y que inunda el escenario del teatro en cuanto salen. Ara pone la pasión desbordada, los saltos, lo maetral, mientras que Fernando discreto y cauteloso, se mantiene en un segundo plano y abraza su guitarra de una manera tan atractiva que al final no sabes si lo que ves es la figura de una guitarra y un hombre, o la silueta de dos amantes.

Supongo que no hay nada que les parezca trascendente, pero llegados a este punto, me encontré a mí misma reflexionando. No sé cuanta gente habría en la sala, ni tampoco si mucha de esa gente iba convencida o a la aventura de sorprenderse. La cuestión es que, en mi embriaguez de emoción, con la piel erizada, las manos inquietas y los pies marcando el ritmo, me pregunté si alguien en esa sala era capaz de sentir lo mismo que yo. Entiéndanme, es muy fácil que a dos personas, tres, mil millones... les guste una canción, pero ¿creen que todas sentirán lo mismo al escucharla?

Quizás no me importa tanto el sentimiento único en sí, ni el tipo que pueda ser, sino el hecho de estar en una sala llena de desconocidos a los que no has visto nunca y con los que probablemente no te vuelvas a encontrar, y compartir esas dos horas de existencia o ese segundo en el que el lamento lastimero de un violín consigue que una lágrima se les escape a tus ojos.