viernes, 27 de mayo de 2011

...con dejar que el genio salga a la luz

En ocasiones padezco un miedo infantil, una sombra, un fantasma que me persigue y me impide pensar con claridad. ¿Pueden comprender que el aprendizaje genere miedo?
Llevo días dándole vueltas a la posibilidad de que una enseñanza que consigue semejantes resultados pueda tener algo positivo. En lo que a mí respecta, siempre he defendido que una  base teórica ha de estar complementada con la praxis. Cuando ambas se aúnan es posible obtener resultados maravillosos. Sin embargo, desde el punto de vista que me concierne ahora, esa enseñanza no puede ser estricta en cuanto al arte se refiere. Es cierto que es necesario conocer y dominar la técnica para establecer ciertos criterios. Un hombre puede tener un don especial para la música hasta el punto de no necesitar partituras pero, ¿qué ocurrirá cuando quiera escribir su obra si ni tan siquiera sabe lo que es un pentagrama?
Resulta un ejemplo ingenuo, pero todo se traduce a ello. Existen personas con talentos especiales, capaces de hacer surgir cosas asombrosas de la nada, de soñar una realidad distinta y crearla, pero ¿qué sucede con el resto si aunque queramos aprender el propio docente apenas te deja espacio para desarrollarte con libertad? El miedo nos bloquea, nos impide ver con claridad e incluso nos hace olvidar nuestros propios objetivos, los horizontes que desde una perspectiva idealista (o más realista) nos hemos propuesto. Al escribir esto soy consciente de todos los errores que he cometido. Han sido muchos, y probablemente, artísticamente hablando, garrafales.  Por ello cuando alguien que te enseña te exige, te aprieta, debe ser para sacar lo mejor de ti, no para aterrorizarte. Obligar a alguien a imitar es un error. Regañarle por no conseguirlo resulta peor.
Una de las cosas que más me impresionan del ser humano es la capacidad de ver el mundo de maneras distintas, de entender el arte desde puntos de vista contradictorios y sin embargo tener la empatía de emocionarse y hallarse reflejado en la diferencia. Enseñar arte debe ser igual. Motivar a mejorar, a aprender de los errores, a observar la historia y el desarrollo de tantas corrientes, trazos, técnicas, colores diferentes… sin despreciar, sin comparar. Con respeto. No conoceríamos el romanticismo de los impresionistas si no hubiesen desarrollado un nuevo punto de vista de la realidad, más iluminada, más pastelosa y con trazos alargados. Probablemente Van Gogh no habría llegado a ser lo que fue (y sigue siendo) si no hubiese encontrado un técnica que le permitiese representar las estrellas con sus remolinos.  No nos sorprenderíamos con la claridad representativa de la inmensidad a través de la diminuta unidad (no dejamos de estar formados por átomos) sin el puntillismo. ¿El arte rupestre debería ser menospreciado por su sencillez? (He de reconocer que a veces me cuesta diferenciar las especies animales representadas) ¿Y los jeroglíficos con figuras tan planas y llenos de símbolos carentes de significado para los habitantes del s.XXI?
Representar lo que vemos, desde nuestro humilde punto de vista es algo intrínseco al ser humano. Creo que lo peor que puede suceder es que tener miedo a aprender, a equivocarse, y aquel que promueva esa práctica debería ser tachado de mal docente. El arte debe ser libre.
El faro de Honfleur,  Georges Pierre Seurat

miércoles, 25 de mayo de 2011

...sueñan con Woody Allen




Cien minutos de felicidad. Eso es lo que sucede cuando sentado en la oscuridad y con un título como única información se enciende la pantalla. Las imágenes llenas de luz comienzan a aparecer. París y el jazz lo envuelven todo. Durante los cinco primeros minutos estás convencido de que el precio de la entrada ya está amortizado y si se acabase la película en ese mismo momento volverías a casa con la misma sensación que te produce algún recuerdo de infancia.

Sin embargo, tan sólo es el principio, todavía te quedan 95 minutos de felicidad. No ésa producida por una comedia que no te da ni un respiro, sino la que consigue mantenerte sereno y ansioso. Fina, sutil, plena. La misma sensación que queda cuando despiertas del maravilloso sueño al aparecer los últimos créditos. Entonces sales del cine y no puedes evitar pensar, fantasear, sonreír.

Dicen que París es siempre una buena opción. Si encima es de noche y puedes pasear bajo la lluvia corres el riesgo de que tanta felicidad te pueda matar, o como poco, dejarte arrugas permanentes con la forma de una sonrisa.






Por consenso, los elefantes se han reconciliado con la Woodyterapia.

Cuando los elefantes sueñan...

Tras mucho tiempo y ante esta nueva aventura, me adentro en este mundo, bisoña e ilusionada. Este blog no tiene ninguna intención que no sea disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, reflexionar sobre todo lo que nace de ella e intentar que alguien en algún rincón pueda sentirse feliz o indentificado. Encontrarán extravagancias, pensamientos, cosas variopintas... Si deciden quedarse y compartir un trocito de esta alocada existencia desde un punto de vista soñador, serán bienvenidos.

Los elefantes, aun siendo animales, nunca habían sido tan humanos.
Mis elefantes se despiertan y abren sus ojos a lo que les rodea.
Descubren todo lo que anida en el mundo. Ríen, sufren, cantan, bailan, dibujan, pasean, odian, viajan, leen, lloran, aman...sueñan.