martes, 27 de diciembre de 2011

Autodestructiva...


Como una bomba que, desde su interior, destroza todo lo que encuentra en su camino...

miércoles, 30 de noviembre de 2011

19 Quai Montebello

París era una fiesta. Aquello no era solo una ventana, sino un mirador. El mundo ya no era el mundo, sino la imagen del amplio horizonte de una ciudad romántica. Los atardeceres iluminaban la plaza con retales dorados. Sonreía al contemplar que, literalmente, aquella era la ciudad de la luz.  El paso del día, me dejaba la misma sensación de los impresionistas de querer captar en su esencia los tintes de cada instante.

Miraba por aquella ventana durante horas. Leía y escribía. Dibujaba y cantaba. Por primera vez sentía que era la protagonista de una historia. Si hubiese paseado por la calle, sin duda me habría dado cuenta de la muchacha que se asomaba a una ventana en un sitio como ese. Sin embargo, esa muchacha era yo.

Por las noches, mientras la música de los artistas callejeros subía hacia mí, cuando el calor del día dejaba paso a la dulzura de las noches estivales,  pensaba. La gente no dejaba de pasear, fundiéndose en el caos multicultural de los lugares mundiales de peregrinación por excelencia. Me preguntaba quiénes serían, qué harían allí y qué sentirían. Algunos paseaban tranquilamente, como queriendo empaparse de ese rincón. Otros, por el contrario, tachaban de sus mapas mentales o ponían una bandera más en los sitios en los que "todo el mundo debería ir una vez en sus vida". Por último, quizás los menos numerosos, o los que pasaban desapercibidos, sentían una frívola indiferencia o una molestia contemplando a los demás.



Yo desde mi ventana, observaba todo esto y sentía. Sentía el pulso de una ciudad cargada de solera, un lugar en el que el tiempo deja esa huella visible en sus entrañas, o una pátina invisible a  primera vista, pero profunda para aquellos seres sensibles. Miraba por mi ventana, queriendo grabar cada instante en mi retina, cada olor y cada soplo de airte que me rozaba la cara. Quería soñar, que ahí o allí, en escalas variables y bajo el mismo cielo de esa ciudad, la gente hacía el amor, se odiaba, luchaba por salir adelante, pensaba en acabar con su vida, daba gracias a la vida mientras acostaba a sus hijos, paseaba, disfrutaba, deseaba huir de allí, o simplemente miraba por la ventana y lo comprendía todo... Comprendía que, aunque nadie más lo sintiese, París siempre sería una fiesta.



lunes, 21 de noviembre de 2011

" La guerre des boutons"


¿Qué puedo decir de esta deliciosa película?
Para todos aquellos que todavía no lo hayan visto, desde luego se la recomiendo.
Es cierto que tengo una gran debilidad por el cine francés, y en especial por esas películas que son ligeras, pero al mismo tiempo cargadas de sentimientos. La guerra de los botones es sin duda una de esas elecciones para los domingos otoñales lluviosos, cuando la melancolía y el recuerdo de otras tardes de infancia, se instauran en nuestra mente. Es entonces cuando te apetece acurrucarte en el sofá, bajo una manta y a ser posible, con algo caliente cerca y disfrutar de esas historias que te alegran repentinamente la tarde.

Adoro observar que la persona que tengo a mi lado, sonría inconscientemente mientras no aparta los ojos de la pantalla. Que disfrute, y que durante una hora, se sienta otra vez pequeño y que al salir del cine, le apetezca trepar por los árboles o esconderse de los enemigos en el bosque bajo las hojas o recuerde las travesuras más divertidas de su infancia.

Esta película, o mejor dicho, esta segunda versión cinematográfica del libro homónimo, tiene mucho de infantil y otro tanto de madura. Con tintes inocente, no deja de ser una reflexión sobre los conflictos entre los pueblos. Los niños de los pueblos vecinos se pelean, emplean estrategias bélicas y usan el robo de los botones como humillación y botín, mientras que sus padres hacen lo mismo, lejos de sus hogares, con armas de verdad, con castigos y riesgos reales y mortales.

La elección de los actores, (grandes comediantes franceses como Kad Merad, Gérard Jugnot, Guillaume Canet y el elenco de personajes infantiles), los escenarios elegidos (el alto Loira) y la banda sonora ( del compositor Philippe Rombi) consiguen un resultado magnífico que en todo caso no le dejará indiferente.

Si decide soñar con los botones y sus soldados, no se arrepentirá.





miércoles, 16 de noviembre de 2011

Indecente Rolla

“Y por lo tanto, ambos huyeron de las crueldades de la suerte, la niña en el sueño, y el hombre en la muerte”
                                   

Rolla
 Herni Gervex
   

Él, burgués, inmerso en el ocio y el vicio, se enamora de Marie, una joven que se prostituye para salir de la miseria. Se gasta la última moneda que le queda para estar con ella. Con los primeros rayos de la mañana, se levanta, se acerca a la ventana y la observa, dormida, rendida a Morfeo, frágil. Mientras bebe veneno, sabe que es la última mirada que le dirigirá...

En la primavera de 1878 este cuadro fue excluido de la selección del Salón de Bellas Artes de París por poseer un carácter inmoral. El cuadro, pintado por un joven pintor ya reconocido, Henri Gervex, quien contaba con tan sólo 26 años, estaba inspirado en un poema de Alfred de Musset publicado en 1833.

La paradoja de la censura no fue el desnudo de la joven, ni su postura, sino la naturaleza muerta creada sobre la butaca. Allí descansan las enaguas, las ligas y el corsé abierto con prisa. Sobre ellas aparece un sombrero de copa. Para los contemporáneos, esa representación significaba el consentimiento de Marie y su estatuto de prostituta. ( Degas había aconsejado a Gevex que dispusiese el corsé en el suelo para dejar claro que la mujer no se trataba de una modelo ). Cabe destacar el bastón saliendo de la ropa interior, metáfora del acto sexual.

Sin duda, una escena que fue tachada de indecente en su época, puede parecer muy bella ahora. Incluso puede decirse que el espectador quisiese intervenir en ella para mantener ese bucólico instante.

Actualmente y para disfrute de muchos, un cuadro que estuvo escondido y censurado, se puede encontrar en el Quai d' Orsay, formando parte de una de las mejores pinacotecas del mundo.












domingo, 13 de noviembre de 2011



Colecciono instantes. Mucha gente se dedica a coleccionar. Mi padre, por ejemplo, fue un gran amante de la filatelia en su infancia. Mi madre prestó un especial interés por los dedales durante algunos años. Una buena amiga siente una enorme pasión por las mariquitas de papel, sobre todo aquellas engalanadas con vestidos victorianos, lo que produce que cuando cualquiera de su círculo  viaja a Londres, tenga el deber de buscar esa pequeña tienda de juguetes escondida en Covent Garden.
Los objetos a coleccionar siempre son variopintos, desde tarjetas, postales, papeles, entradas de cine, bolígrafos… lo cierto es que no caemos en la cuenta de por qué motivo guardamos esas cosas.
Puede que la primera constancia que tengo de ser coleccionista me viniese inconscientemente cuando era pequeña. Tener constancia de aquello que había sucedido en mi vida, ya fuese bueno o malo, u observar el presente sintiendo ya la necesidad de grabarlo para el futuro. Sí, colecciono instantes, puede que muchas veces de manera obsesiva, como si los necesitase para sobrevivir, como si al cerrar los ojos y transportarme a aquel momento me curase de una insaciable necesidad básica, una evasión.
Colecciono instantes, quizás porque es mi manera de luchar contra el olvido, contra el abandono y el paso del tiempo. Puede que sea una simple manera de combatir el miedo. Tal vez necesite conservar felicidad para los malos momentos, y tristeza para saber valorar lo bueno que venga.
Ahora que siento cada vez más el ritmo inexorable de una vida que avanza, vuelvo al origen, al instante matriz de todo. He aprendido a grabar detalles, a seleccionar lo que me interesa y a elegir todo aquello que no quiero olvidar. Una sonrisa, un olor, una voz que ya no volveré a escuchar jamás, una caricia, un reproche, las dimensiones de una realidad desde la perspectiva infantil, el color del cielo, la brisa contra mi cara… y siento, como todo coleccionista, que todo ello es únicamente mío.





jueves, 10 de noviembre de 2011

fotografías en blanco y negro


Piet Mondrian

A veces descubres por casualidad, aquello que llevas buscando durante mucho tiempo. Tener más información detallada y anhelada,  produce que se desate una cadena inconsciente y eufórica en mí, y que me sumerja en la búsqueda y captura de todo aquello que me pueda interesar todavía más.

Algo así me sucede con Arnold Newman. Sus fotografías, centradas casi monotemáticamente en los rostros famosos del s.XX, generan en mí un apetito producido por la calidad de captar el instante. Entiéndanme que al referirme a "instante" soy consciente de que son retratos de pose ensayada, pero ese término adquiere la acepción de naturaleza original, aquello que rodea a la persona y su mundo, su aura.

Este hombre siempre se mostró reacio a considerar la fotografía como la imagen completa del hombre, sin embargo, consiguió mostrar al mundo no sólo el exterior sino lo que el propio hombre oculta y vela de su propia alma.

En sus entrevistas le decía al entrevistador que era capaz de estar ahí, contestando a sus preguntas, mientras que al mismo tiempo estudiaba el espacio y la situación de éste enfrente de él.

Sea como fuere, llevando su doctrina a la práctica, o simplemente buscando una estética y ubicación bonita, sus fotografías venden. Venden la mirada, los rasgos, la media sonrisa, de aquellas personas situadas frente a su objetivo, como si de algo material y atractivo se tratase. Y yo, como otros muchos, lo encuentro irresistible y quiero más...

 
Richard Nixon


Jean Cocteau

Ava Gardner

Truman Capote

George Braque

viernes, 4 de noviembre de 2011

...con algún que otro incomprendido

El 14 de julio nace uno de mis "Grandes". Quizás sea el amor que le tengo a esa cifra, o simplemente, la atracción innata que siento por todos aquellos personajes que buscaron más allá del horizonte que el resto creía ver como final.

Sea como fuere, Gustave Klimt nace ese día, en el año 1862.  Austríaco de nacimiento, pero de familia inmigrante, creció con el don de plasmar todo aquello que pasaba por su mente. En su caso el amor al arte le venía de familia. Su padre era grabador de oro y su madre siempre había sentido una gran pasión por el canto, lo que probablemente influyeran en él desde su más tierna infancia.

A pesar de su origen humilde, se formó en la Escuela de Artes y Oficios de Viena, generando una obra académica ya en su temprana carrera.

Sin embargo, como otros muchos pintores y artistas, su manera de dibujar transforma, siendo en gran medida una consecuencia de la muerte tanto de su padre como de su hermano. Durante seis años no tocó pincel alguno, y cuando lo hizo, su estilo había cambiado totalmente.

Viena perdía su hegemonía como capital europea del arte cuando Klimt y otros muchos de sus contemporáneos fundan la "Wiener Sezession" y otros grupos temporales como la "Sagrada Primavera".
Klimt descubrió que aquello que mejor plasmaba sus ideas era la desnudez femenina (sin olvidar que fue un mujeriego acostumbrado a mantener relaciones con sus modelos). Desarrolló la sensualidad de una manera escandalosa para la época, recibiendo duras críticas hasta de sus colegas. Muchas de sus obras fueron destruidas por las SS, no solo por ser consideradas arte obsceno, sino también degenerado.

No obstante, sus cuadros, hasta los de mayor carga erótica, están tratados con una dulzura y suavidad que los convierte en obras tan especiales. El pan de oro añadido a sus cuadros nos recuerdan ese halo de poder de la Viena imperial y nos remiten a su infancia.

He aquí una pequeña selección de mis obras preferidas de este genio.

Bosque de hayas

Esperanza

Danae

Y por último, sin duda mi preferido:

Madre e hijo

jueves, 3 de noviembre de 2011

...con el mundo real

Mi vida sin mí comienza cuando el ritmo del día a día me encasilla en la monotonía del transcurso de las horas, los días, las semanas... Me acuesto tarde, madrugo, como poco y es una mera necesidad del ser humano que sigo siendo, o mucho y entonces me traga mi propia ansiedad. Amanecer, trabajar, trabajar, anochecer. Reloj en mano con tic tac inexorable. Me acostumbro al ruido del despertador, al pulso de la ciudad desperezándose aún en la noche. Los semáforos que no han dejado de funcionar, ahora sí que regulan el tráfico. El frío me corta la cara, contrastando el calor de la ducha matutina.

Algún que otro día me acuerdo de la cantidad de cosas positivas que me rodean y doy gracias a cualquiera que favorezca ese estado de ánimo. A veces, salgo de la ciudad y recuerdo los horizontes lejanos que marcaron mi infancia y mi forma de ser. El sonido del mar acompaña las caricias de una mano cálida que siento como mía. El sol me baña la cara y el viento mece las olas. El olor del salitre se mezcla con el aroma que horas antes ha salido de un frasco de perfume. Hay mucha luz, y los colores resultan estimulantes. Adoro sentir el tacto de la piel, el roce suave y sutil sobre mi mejilla.

Quizás, ese mismo instante es la vida real y el mundo cotidiano sea esa odisea, ese viaje tan largo que nos hace olvidarnos de nuestro hogar y de nuestros sueños. ¿Por qué esa realidad dura tan solo unos segundos? Sentada en esa roca me planteaba si podría ser así siempre.Quedarme allí. Mi vida soñada. Mi lugar en el mundo.

lunes, 24 de octubre de 2011



La quería. Adoraba la manera en que ella se sentaba en el manillar de su bici cuando volvían de la playa. Su pelo rizado, recién salido del mar, conservaba el olor a salitre y se movía tapándole la cara. Se había fijado en ella la primera vez que la vio salir de la panadería un domingo por la mañana. Su manera de andar, desgarbada y muchas veces graciosa debido al suave contoneo de sus caderas le habían obligado a establecer ese ritual dominguero de esperar a que pasase por allí.  Al principio se había contentado con solo mirarla, hasta que un día ella, al pasar por delante le sonrió.
El tiempo pasó rápido. Volaron primaveras tirados en el campo con la única compañía de un libro. En invierno, los bailes en la pista de baile local, les servían para no pasar frío. Se miraban, pero nunca se dieron un beso en público, como mucho la mano o el brazo cortésmente.
Le encantaba su mirada, ése lugar en el que todo era posible, incluso perderse en el universo. Ella era su mundo, el rincón que le pertenecía en la inmensidad y locura del tiempo. Nada malo lo era demasiado teniendo la certeza de volver a casa y tenerla a ella esperando. Habían cambiado, habían envejecido. Puede que algunas cosas ya no fuesen iguales, pero seguían siendo ellos. Incluso cuando no pudo volver a ver su sonrisa mas que en viejas fotografías arrugadas.
El tiempo pasaba lentamente. Sentado en aquel banco bajo un árbol, una pareja paseaba por la calle. Recordó aquella tarde cuando las bicicletas eran para el verano. Ingenua juventud. Cómo la quería.



Robert Doisneau
 


domingo, 23 de octubre de 2011

Vuelta a la rutina?




Hace mucho que no escribo. Quizás se debe a la pereza de no conseguir acostumbrarse a la rutina o a la rebeldía de no querer hacerlo. Sea como fuere, sentía que ya iba siendo hora de que volviese a escribir, a vencer esa pereza, a sentarme delante del ordenador y dejar que todas esas cosas que vuelan en mi cabeza tomen forma. Quería escribir, y lo voy a hacer, sobre ese tipo de casualidades con que la vida te sorprende, ya sea para bien o para mal.

Acostumbrada toda mi vida a visitar los cementerios de los rincones del mundo en los que mi padre y yo nos perdíamos, desarrollé una filosofía que siempre me ha parecido alentadora, por ingenua o idealista que resulte. Cada vez que paseo por un cementerio o me detengo a contemplar una tumba y leo el nombre que aparece en el epitafio, fantaseo y me pregunto quién pudo haber sido esa persona. Me imagino su vida, me invento profesiones, lugares, biografías, que pasionalmente configuraron a esa persona que ahora ya no existe sino en la congregación de símbolos sobre una piedra pulida. Durante esos instantes esa persona sigue viva, aunque sea en la imaginación de una desconocida.

Père Lachaise es uno de los cementerios más bonitos de aquellos que he tenido la posibilidad (y para mucha gente que lea esto, rareza) de disfrutar. Conocido por la infinitud de personalidades de los siglos pasados que en él reposan, apenas es disfrutado en sus detalles. Los turistas, mapa en mano y como si de una maratón se tratase, recorren las tumbas saltando de Edith Piaf a Oscar Wilde.

En un rincón de la parte central, muy cerca de la escondida tumba de Sarah Bernhardt, descubrí una sobria y graciosa tumba. Graciosa porque en una pizarra, y con caligrafía de cuadernillo rubio, los amigos le pedían que les guardase un lugar al lado del radiador. No pude evitar leer el nombre y apuntarlo en una hoja, puesto que se trataba de un joven foto-reportero, fallecido este mismo año. Tuve la corazonada de que se trataba de alguien, que había fallecido en algún lugar del globo terráqueo que nos es tan ajeno.

No andaba desencaminada. Lucas Dolega, de origen franco-alemán y residente en París, murió en enero en Túnez capital. Murió allí, como podría haberlo hecho en cualquier otro rincón de los que transitaba: Birmania, China, Afganistán. Tan solo llevaba un par de días allí, y una buena cantidad de fotografías que pretendían mostrar una de esas revueltas de primavera, cuando una bomba lacrimógena lanzada por un policía le explotó su propia vida.



Esta entrada, escrita sobre la marcha, pero imaginada desde hace tiempo, va dedicada en su memoria y en la de todos aquellos periodistas que han fallecido lejos de sus hogares y que han pagado con sus vidas, la información a la cual, muchas veces no le damos tanta importancia. Ellos siguen allí, escoltados, o amenazados, mientras para nosotros, solo son más imágenes de cosas de las que ya estamos inmunizados y a las que, salvo en casos de violencia extrema, o aquellas que nos resulten morbosas, ya no prestamos ni
atención. Por todos ellos.


Último trabajo de Dolega en Túnez. Enero de 2011


viernes, 16 de septiembre de 2011

Con retraso

La semana pasada se conmemoraba el aniversario del trágico 11 S. ¿Quién no recuerda lo que estaba haciendo ese día? En mi caso, era un típico día de verano en el que la televisión rompió el lirismo y nos mostró la peor cara de la humanidad. Un avión se había estrellado en una de las torres del World Trade Center. Nos acostumbramos a ver las imágenes de un holocausto que, aunque en directo, no podíamos evitar asociar a una película. Pero en esa ocasión, la realidad superaba la ficción y la gente escapaba, robaba segundos para despedirse de los suyos, el mundo empatizó con esas familias rotas y con esos supervivientes, quizás más víctimas que los que nos dejaron para no volver.

El 11 de septiembre no fue tan sólo un día, sino el inicio de una época que perdura. Coincidiendo con el principio de siglo, la confianza casi ciega en la cual nos encontrábamos sumidos se desmoronó. A partir de entonces, el miedo a que algo semejante volviese a suceder nos sumergió en la locura y el control. 
El ataque en pleno corazón del sueño americano, el primero en su propio territorio, cambió drásticamente un mundo en el que nadie imaginaba víctimas si no eran del ejército y en un territorio lejano.

El miedo y las exigencias de seguridad nos convirtió a todos en posibles terroristas. Los controles de seguridad exhaustivos hasta el punto de ser denigrantes, se instauraron en nuestras vidas con la misión de protegernos, pero también robándonos un poco de nuestra dignidad e intimidad.

Sin embargo, las víctimas de ese día no fueron solo los de Nueva York, Washington o el vuelo United 93. La guerra contra el terrorismo comenzó con un gobierno estadounidense que debía levantarse y mostrarse como un gigante vengador y justiciero, intentando recuperar el honor perdido. A nadie parecía importarle que para llevar a cabo eso, se inventasen excusas y se buscase el apoyo de muchos otros países ( a pesar de las manifestaciones de Madrid contra la guerra, nos metimos en ella con unas consecuencias manchadas de sangre inocente).

Muchas empresas americanas aprovecharon los conflictos bélicos tanto en Afganistán como en Iraq (escrito con la "Q" original) para conseguir grandes beneficios. Pero por supuesto, muchos de esos jóvenes que vieron la posibilidad de alistarse en el ejército como una salida o solución a un futuro poco prometedor, no eran ni son hijos de esas grandes fortunas republicanas seguidoras de "W". Eso sí, el estilo americano es inconfundible, tanto como sus paradojas, con veintiún años puedes pegar tiros, matar y ser asesinado, pero no puedes beber una cerveza legalmente.

El 11S no es simplemente lo que vimos, sino todo aquello que, hoy en día, seguimos sin conocer. Supervivientes con traumas, mujeres y niños asesinados en la cuna de la civilización, Guantánamo y sus torturas poco ortodoxas, misiones secretas con resoluciones poco satisfactorias, aviones llenos de féretros con banderas americanas, o familias que lloran a sus héroes y a toda una generación joven de la América más profunda.

La cicatriz de Nueva York sigue sangrando en el otro extremo del mundo y a nadie parece importarle que, cada día, siga siendo un 11 de septiembre de 2001.




Contador de los americanos fallecidos en Iraq. Agosto de 2007 en Dayton, OHIO.

martes, 9 de agosto de 2011

En esta sociedad todos convivimos con un ritmo frenético que no solo se traduce en nuestras vidas, sino en nuestra manera de ser y actuar. Buscamos la novedad, lo más bonito, lo más moderno, lo que nos haga sentirnos atractivos, ricos y que nos otorgue el elixir de la eterna juventud tan anhelada. Necesitamos las modas. Vivimos por y para ellas. Carne de cañón.

Nuestro mundo se basa cada vez más en las apariencias. La inteligencia, la eficacia o la astucia quedan relegadas a un segundo plano si no vendemos un aspecto atractivo al mismo tiempo. Nuestra autoestima no se contenta con los rasgos y capacidades psicológicas, necesita ser un buen producto, un buen envoltorio.
Muchas veces, consumimos para obtener esa sensación o imagen. No es nada malo.

La sociedad nos dice que tenemos que estar al tanto de lo último que sale al mercado, nos incita a cambiar de ropa, peinado, coche, cortinas ... hasta el punto de manejarnos cuales títeres sin conocimiento de sus necesidades o gustos. Compramos cualquier cosa que funcione y nos haga sentirnos mejor en un período de unos cuantos meses, hasta que descubramos que la novedad es totalmente contraria a la anterior, que habíamos aplicado en nuestra vida como si de un dogma de fe se tratase. O también hasta que vemos los nuevos zapatos de la vecina (¿les dará tanto uso como para que se les gaste el tacón algún día?)

Y cuando digo "cualquier cosa" sé de lo que hablo...
"¿No te has enterado? Inyectarse botox en partes faciales o de la superficie corporal ya no está "in". Ahora lo que se lleva es aumentar el placer de las relaciones aplicándolo en las parte íntimas femeninas"
(Conversación de peluquería...)

Vivimos, o mejor dicho, consumimos, alejados de la realidad hasta el punto de creer que todo lo que poseemos o seremos capaces de adquirir nos hará más felices. No caemos en la cuenta de que todo seguirá aquí cuando nosotros no seamos más que meros recuerdos. Y lo peor de todo es que nos marcharemos sin entender que las modas, como nosotros, tienen fecha de caducidad.

martes, 19 de julio de 2011

El teléfono sonó en mitad de la oscuridad. ¿Quién podría ser a esas horas? Aquel día gris ya había dado paso a la noche hacía varias horas. Descolgó y una voz familiar le preguntó si la reconocía. Mientras sus manos temblorosas trataban de agarrar el aparato, su semblante fue dibujado con una sonrisa triste. ¿Cómo no iba a reconocer esa voz que se había convertido en la de un hombre ante sus ojos?

Hacía mucho tiempo que no sabía nada de su vida, o por lo menos, mucho más desde la última vez que habían hablado. Sabía que las cosas le iban bien. Aquello no era una buena nueva, sino una realidad que le había acompañado toda su vida. Sus sentimientos habían sido especiales, siempre había esperado grandes cosas de él.

Desde el momento en que el timbre del teléfono rompió la soledad que acentúa la noche, sintió que aquello sería una despedida. Quiso ser fuerte. Despegó sus labios.


- Espero que seas muy feliz. Estoy segura de que la vida te deparará todo lo bueno que se merece alguien como tú.
- ¿Sabes? He llegado tarde.

Una lágrima salada emigró hacia su boca, silenciosamente, bañando de reflejos su mejilla.

- Creo que siempre llego tarde, como si no perteneciese a este presente. Pero, a pesar de lo que suceda mañana, esta noche necesitaba oir tu voz por última vez y decirte que jamás te olvidaré.



martes, 5 de julio de 2011

click

Hay recuerdos como fotografías que, cuando los revelamos en la cubeta de la memoria –esa cubeta mágica y secreta que todos ocultamos en el cuarto de atrás de nuestras vidas-, aparecen movidos o velados parcialmente. Son los recuerdos que preceden al olvido. Vemos su imagen, queremos reproducir el tiempo al que pertenecen, o su lugar concreto, o lo que para nosotros supusieron en su día, pero, por alguna razón, por más que lo intentamos, no podemos conseguirlo. Por eso nos producen una gran melancolía.

Entre cada recuerdo- como entre cada fotografía- quedan siempre unas zonas en sombra bajo las que se nos ocultan trozos de nuestra propia vida; trozos de vida a veces tan importantes, o tan significativos, como los que recordamos o como los que viviremos todavía. Son esos cortes en negro que sustituyen en las películas a los fotogramas rotos o quemados por las máquinas y que hacen que cada vez sea más complicado poder seguirlas. Al final, cuando se repiten mucho, terminan por hacer el relato incomprensible.

Hay fotos, como recuerdos, que nacen fortuitamente, sin justificación alguna, y que por eso, precisamente, nos acompañan toda la vida

Desde cada fotografía, nos miran siempre los ojos de un fantasma. A veces, ese fantasma tiene nuestros  mismos ojos, nuestro mismo rostro, incluso nuestros mismos nombres y apellidos. Pero a pesar de ello, los dos somos para el otro dos absolutos desconocidos. Desde cada fotografía, nos mira siempre el ojo oscuro y mudo del abismo.

Los recuerdos – la mayoría-, no son más que carteleras, escenas de una película que se quedó reducida a cuatro o cinco momentos y a la que sólo puede dar vida el foco distorsionado de la máquina del tiempo. Una máquina tan vieja, y tan caprichosa a veces, como un proyector antiguo de cine. Sólo que los recuerdos no pueden pararse, ni borrarse, cómo éste hace, cuando uno quiere.

Los recuerdos simplemente se suceden. Aparecen de pronto detrás de una fotografía y, luego, van pasando poco a poco por delante de nosotros y desapareciendo. A veces, muchas veces, para siempre.




lunes, 27 de junio de 2011

Hacía mucho tiempo que no me acordaba de aquella mujer. Resultó inevitable que el comentario que acababa de escuchar no me revolviese. No era nada fuera de lo común y de lo esperado, y sin embargo, su recuerdo en mi cabeza era atemporal. El paso del tiempo no había hecho mella en ella. Siempre la había admirado. Quizás no era alguien excepcional, increíble o interesante. Realmente creo que nadie lo es salvo en la mente de los demás. Para mí lo era, incluso siendo consciente que ese halo, esa imagen, pertenecía a mi mundo de infancia.

Aquella mujer había sido tan importante para mí que cuando dejé de verla, su ausencia me perturbó sobremanera. Era entrañable, permisiva, alegre. La tienda que regentaba era el mayor de los paraísos existentes en aquella villa marinera y a pesar de no compartir genética, disfrutaba de su compañía sin ser consciente del lazo familiar que se iba tejiendo entre ambas. El destino nos separó. Volver a verla fue un regalo no concedido. Perder el último buen recuerdo, un miedo profundo. Crecer, pasar por el mismo lugar donde tanto tiempo pasé y olvidar su rostro, un consuelo barato.

Cuando esa frase, recién escuchada, fue pronunciada por mi cabeza, miles de recuerdos envueltos en polvo comenzaron a resurgir. Una niña rubia tras el mostrador. Las partidas de las tardes de verano con olor a café, puros, edulcoradas por el suave y agradable perfume de mujer. Un regalo. Una voz. Un perfume.  En ese momento descubrí que crecer también es olvidar, o recordar cayendo en la cuenta de la ignorancia. A duras penas sé mucho de esa mujer. Me habría encantado compartir más horas y días en aquel refugio que ahora pertenece al mundo de los sueños.

Esto, sin ambición y con humildad, es mi despedida y agradecimiento.

martes, 7 de junio de 2011

con un sentimiento



El otro día tuve el placer de escuchar a Ara Malikian en directo. Si no le han escuchado nunca les aconsejo que busquen su música, compuesta por el maravilloso guitarrista Fernando Egozcue. Solo se me ocurre una palabra. Complicidad. La clave del éxito de esta gira (sin obviar que ambos son unos músicos fantásticos) es la complicidad que existe entre ellos y que inunda el escenario del teatro en cuanto salen. Ara pone la pasión desbordada, los saltos, lo maetral, mientras que Fernando discreto y cauteloso, se mantiene en un segundo plano y abraza su guitarra de una manera tan atractiva que al final no sabes si lo que ves es la figura de una guitarra y un hombre, o la silueta de dos amantes.

Supongo que no hay nada que les parezca trascendente, pero llegados a este punto, me encontré a mí misma reflexionando. No sé cuanta gente habría en la sala, ni tampoco si mucha de esa gente iba convencida o a la aventura de sorprenderse. La cuestión es que, en mi embriaguez de emoción, con la piel erizada, las manos inquietas y los pies marcando el ritmo, me pregunté si alguien en esa sala era capaz de sentir lo mismo que yo. Entiéndanme, es muy fácil que a dos personas, tres, mil millones... les guste una canción, pero ¿creen que todas sentirán lo mismo al escucharla?

Quizás no me importa tanto el sentimiento único en sí, ni el tipo que pueda ser, sino el hecho de estar en una sala llena de desconocidos a los que no has visto nunca y con los que probablemente no te vuelvas a encontrar, y compartir esas dos horas de existencia o ese segundo en el que el lamento lastimero de un violín consigue que una lágrima se les escape a tus ojos.

viernes, 27 de mayo de 2011

...con dejar que el genio salga a la luz

En ocasiones padezco un miedo infantil, una sombra, un fantasma que me persigue y me impide pensar con claridad. ¿Pueden comprender que el aprendizaje genere miedo?
Llevo días dándole vueltas a la posibilidad de que una enseñanza que consigue semejantes resultados pueda tener algo positivo. En lo que a mí respecta, siempre he defendido que una  base teórica ha de estar complementada con la praxis. Cuando ambas se aúnan es posible obtener resultados maravillosos. Sin embargo, desde el punto de vista que me concierne ahora, esa enseñanza no puede ser estricta en cuanto al arte se refiere. Es cierto que es necesario conocer y dominar la técnica para establecer ciertos criterios. Un hombre puede tener un don especial para la música hasta el punto de no necesitar partituras pero, ¿qué ocurrirá cuando quiera escribir su obra si ni tan siquiera sabe lo que es un pentagrama?
Resulta un ejemplo ingenuo, pero todo se traduce a ello. Existen personas con talentos especiales, capaces de hacer surgir cosas asombrosas de la nada, de soñar una realidad distinta y crearla, pero ¿qué sucede con el resto si aunque queramos aprender el propio docente apenas te deja espacio para desarrollarte con libertad? El miedo nos bloquea, nos impide ver con claridad e incluso nos hace olvidar nuestros propios objetivos, los horizontes que desde una perspectiva idealista (o más realista) nos hemos propuesto. Al escribir esto soy consciente de todos los errores que he cometido. Han sido muchos, y probablemente, artísticamente hablando, garrafales.  Por ello cuando alguien que te enseña te exige, te aprieta, debe ser para sacar lo mejor de ti, no para aterrorizarte. Obligar a alguien a imitar es un error. Regañarle por no conseguirlo resulta peor.
Una de las cosas que más me impresionan del ser humano es la capacidad de ver el mundo de maneras distintas, de entender el arte desde puntos de vista contradictorios y sin embargo tener la empatía de emocionarse y hallarse reflejado en la diferencia. Enseñar arte debe ser igual. Motivar a mejorar, a aprender de los errores, a observar la historia y el desarrollo de tantas corrientes, trazos, técnicas, colores diferentes… sin despreciar, sin comparar. Con respeto. No conoceríamos el romanticismo de los impresionistas si no hubiesen desarrollado un nuevo punto de vista de la realidad, más iluminada, más pastelosa y con trazos alargados. Probablemente Van Gogh no habría llegado a ser lo que fue (y sigue siendo) si no hubiese encontrado un técnica que le permitiese representar las estrellas con sus remolinos.  No nos sorprenderíamos con la claridad representativa de la inmensidad a través de la diminuta unidad (no dejamos de estar formados por átomos) sin el puntillismo. ¿El arte rupestre debería ser menospreciado por su sencillez? (He de reconocer que a veces me cuesta diferenciar las especies animales representadas) ¿Y los jeroglíficos con figuras tan planas y llenos de símbolos carentes de significado para los habitantes del s.XXI?
Representar lo que vemos, desde nuestro humilde punto de vista es algo intrínseco al ser humano. Creo que lo peor que puede suceder es que tener miedo a aprender, a equivocarse, y aquel que promueva esa práctica debería ser tachado de mal docente. El arte debe ser libre.
El faro de Honfleur,  Georges Pierre Seurat

miércoles, 25 de mayo de 2011

...sueñan con Woody Allen




Cien minutos de felicidad. Eso es lo que sucede cuando sentado en la oscuridad y con un título como única información se enciende la pantalla. Las imágenes llenas de luz comienzan a aparecer. París y el jazz lo envuelven todo. Durante los cinco primeros minutos estás convencido de que el precio de la entrada ya está amortizado y si se acabase la película en ese mismo momento volverías a casa con la misma sensación que te produce algún recuerdo de infancia.

Sin embargo, tan sólo es el principio, todavía te quedan 95 minutos de felicidad. No ésa producida por una comedia que no te da ni un respiro, sino la que consigue mantenerte sereno y ansioso. Fina, sutil, plena. La misma sensación que queda cuando despiertas del maravilloso sueño al aparecer los últimos créditos. Entonces sales del cine y no puedes evitar pensar, fantasear, sonreír.

Dicen que París es siempre una buena opción. Si encima es de noche y puedes pasear bajo la lluvia corres el riesgo de que tanta felicidad te pueda matar, o como poco, dejarte arrugas permanentes con la forma de una sonrisa.






Por consenso, los elefantes se han reconciliado con la Woodyterapia.

Cuando los elefantes sueñan...

Tras mucho tiempo y ante esta nueva aventura, me adentro en este mundo, bisoña e ilusionada. Este blog no tiene ninguna intención que no sea disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, reflexionar sobre todo lo que nace de ella e intentar que alguien en algún rincón pueda sentirse feliz o indentificado. Encontrarán extravagancias, pensamientos, cosas variopintas... Si deciden quedarse y compartir un trocito de esta alocada existencia desde un punto de vista soñador, serán bienvenidos.

Los elefantes, aun siendo animales, nunca habían sido tan humanos.
Mis elefantes se despiertan y abren sus ojos a lo que les rodea.
Descubren todo lo que anida en el mundo. Ríen, sufren, cantan, bailan, dibujan, pasean, odian, viajan, leen, lloran, aman...sueñan.